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En 1913, un excursionista paseaba por una región árida y seca donde no crecía nada y era casi imposible encontrar agua, los pueblos estaban prácticamente abandonados y las casas en ruinas. Cuando ya se estaba haciendo de noche el excursionista encontró a un pastor y este le invitó a que durmiera en su casa, para que no tuviera que dormir al raso.
Por la noche el caminante vé, que después de cenar el pastor cuenta, limpia y selecciona las mejores semillas que tiene y las guarda en una bolsa, el excursionista está intrigado con lo que hace el pastor, pero no se atreve a preguntarle.
Al día siguiente ambos hombres se separan, uno se marcha a pastar sus animales y el otro a descubrir la naturaleza local. En un momento del día el excursionista observa como el pastor, está agachado en la tierra, está sembrando con mucho cariño y cuidado las semillas que había seleccionado la noche anterior, seleccionando el mejor sitio para cada semilla.
Por la noche, ya en casa, el excursionista le pregunta al pastor a qué dedica el día y este le responde tranquilamente:
Mi labor principal es plantar árboles, los animales me permiten tener algo para comer, pero mi labor y propósito es plantar árboles. Cada día planto 200 semillas, de las cuales solo la mitad germinan, y de las restantes, menos de la mitad crecen fuertes y sanas, por lo que muchas, es posible que sólo 20 de esas 200 semillas se conviertan en árboles, pero si esto lo hago cada día, pasado un año habré conseguido hacer crecer más de 7000 árboles, mi objetivo es llegar a los 10000 anuales, pero depende del clima, con lo que estoy aprendiendo creo que lo conseguiré, de hecho estoy plantando diferentes tipos de semillas para hayas, robles, pinos, abetos, abedules, ...
El excursionista entiende que el pastor ignora quién es el dueño de las tierras que planta, si es que lo tienen, pero comprende que aquellas tierras se mueren por la falta de árboles. Generosamente, dedica sus esfuerzos a devolverlas a la vida.
Después de la I Guerra Mundial el excursionista volvió por aquellos lugares. Lo que vio le dejó sorprendido. La lenta, pero constante labor del pastor comienza a dar sus frutos y hermosos árboles jóvenes crecen por todas partes de forma irregular, por lo que antes estaba deprimido y desolado. El pastor sigue con dedicación plantando árboles, le explica al excursionista que ha tenido años en que más árboles han salido adelante y otros que menos, pero que él no se desanima, y más ahora que ve el fruto a su trabajo.
El excursionista regresó una tercera vez a la zona, al acabar la II Guerra Mundial, ahora ya no solo hay bosques, sino que gracias a los árboles los acuíferos están llenos de agua y los manantiales fluyen. Cuando el agua corrió, volvieron los hombres y recuperaron las tierras de labor, los huertos, las praderas, los jardines… ignorantes de que toda aquella abundancia la debían a la silenciosa labor de un hombre que, amando la tierra, supo devolverla a la vida.
El hombre que plantaba árboles de Jean Giono es un relato que nos invita a que seamos generosos y como empezando poco a poco y con constancia podemos conseguir grandes resultados, este principio nos puede servir tanto en lo económico, como en lo social. Cuando uno hace lo que tiene que hacer día a día consigue todo lo que se propone, puede conseguir
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