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Era un día tan caluroso que hasta las lagartijas y los caracoles buscaban la sombra. Hacía tiempo que no llovía y las ramas secas, abriéndose camino, salían de la tierra agrietada.
Estoy vieja y arrugada y ya no sirvo para nada, — dijo una rama quejumbrosa con voz temblorosa.
¿Por qué dices eso?, — preguntó el caracol. Yo estoy encantado de que me des sombra porque me haces sentir bien.
La rama seca miró sorprendida al caracol y no dijo nada.
Al día siguiente la rama se volvió a quejar:
Estoy pálida y muy seca, ¿quién me va a querer así?
¿Por qué dices eso?, — preguntó la lagartija. Con este calor sofocante — dijo, si tú no estuvieras aquí, yo no tendría tu sombra, ¡qué suerte que estés tan cerca de mí!
La rama seca miró sorprendida a la lagartija y no dijo nada.
Esa misma tarde, la rama quejumbrosa, como ya era su costumbre sollozó quejándose de nuevo:
¡Ay, pobre de mí!, ¿por qué sigo en este mundo si nadie se acuerda de mí?
Entonces mirándose la lagartija y el caracol, sin decir nada, se marcharon a la sombra de otra rama que no se quejara tanto.
La queja hace que la gente huya de ti. Nadie quiere estar cerca de quien se queja, por mucho bien que haga o muy generoso que sea. Las personas huimos de los quejicas porque nos agotan, aburren, nos restan energía y motivación, nos hacen pequeños.
Si hay algo que no te gusta, puedes llevar a cabo dos cosas, la primera es no hacer nada y aceptarlo sin más, la segunda es hacer algo para cambiarlo. Ambas opciones son válidas, pero ninguna de ellas admite la queja.
Si eres quien te quejas, tienes que saber que la queja daña más a quien la da que a quien la recibe. Si te acercas a alguien que se queja, evita a esa persona, ya que te resta energía.

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