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Un padre tenía tres hijos, y se pusieron a trabajar con él en el bar que tenía. Para empezar los tres hacían el mismo trabajo, eran camareros, uno de ellos no era muy responsable, de forma que cuando servía el café lo hacía de mala gana, tarde y poniendo mala cara. El segundo de los hermanos era responsable, así que hacía lo que se le pedía, servía el café correctamente, en tiempo, sonreía pero no con sinceridad. Nada criticable. El tercer hermano era muy responsable, cuando servía el café preguntaba siempre si con azúcar o sacarina, si necesitaba algo más, si la leche la quería fría, templada o caliente y sonreía con sinceridad.
El padre les preguntó un día que les parecía el trabajo, el primero le contestó que ese trabajo no estaba a su nivel, y que era poco trabajo para él, y que para lo que le pagaban ya hacía lo suficiente.
El segundo hijo le dijo que el trabajo ya le estaba bien, que tenía cero responsabilidad, y que hacía justo lo que cobraba.
El tercer hijo respondió a su padre que estaba encantado de tratar con personas, y poder alegrarles el día o ayudarles aunque fuese con un simple desayuno.
El padre pensó que igual el hijo que no hacía bien de camarero tenía razón, que lo mejor sería ponerle en un trabajo de más nivel, así que le encargó la tarea de dirigir el bar en su ausencia.
El hijo que ahora estaba dirigiendo el bar, le ordenaba a su hermano más responsable, el que mejor servía las mesas, que además de hacer de camarero, preparara a primera hora de la mañana, antes de empezar la jornada, los desayunos (pastelería y bocadillos).
Pasadas unas semanas el padre volvió a reunir a los tres hermanos y el que dirigía el bar le dijo a su padre que el trabajo de dirigir no le gustaba, ya que era mucha responsabilidad, mucho trabajo. El hijo más responsable le explicó a su padre que estaba encantado con su trabajo de camarero, pero que además, ahora, aunque tenía más trabajo, podía preparar los desayunos a su gusto y al gusto de los clientes, ya que cuando les servía el café les preguntaba que les hubiese gustado tener para desayunar y en caso de no tener ese desayuno preparado, al día siguiente estaba en la carta.
El padre meditó largamente y despidió al hijo que dirigía indicándole que buscara un trabajo que le hiciera feliz. El responsable le preguntó si quería seguir trabajando de camarero o no. Y al tercero le dijo que dirigiera el bar, ya que sabía que cualquier cosa que hiciera la haría bien.
Para ser feliz uno mismo hay que hacer feliz a los demás, y la felicidad vendrá sola. La felicidad está en ayudar a los demás. Cuando nos quejamos de lo mal que nos van las cosas, en el fondo es que no estamos a gusto con cómo somos y con lo que tenemos. Tenemos dos soluciones, cambiar nosotros o cambiar de sitio, hasta encontrar nuestro lugar o nuestra pasión, pero, por favor, no nos quejemos, el cambio empieza con uno mismo.

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